sábado, 6 de octubre de 2018

El Baile


Acto I: Soledad

Como si se tratara de cualquier otra tarde, subí las escaleras que llevaban al amplio salón, salí al balcón y eché un vistazo al horizonte. En la casa de los Arini parecía no haber nadie. Tampoco en la de los Horvat o Kanellopoulou. No solo eso, los animales también habían huido de este bosque donde habité por más de 20 años.

No sabría decir qué es lo que definitivamente me llevó a huir de la sociedad y de sus medievales costumbres. Sospecho que fue una mezcla entre el desgaste de una vida de intentar transformar el mundo y mi ineficacia en controlar mi descontrolada mente ante mis numerosos fracasos. No me siento especialmente mal por mi desenlace. Quién más está dispuesto a sacrificar, más pierde cuando todo por lo que ha luchado se va al garete

Instintivamente al pensar en el pasado miré cabizbajo al suelo. En una hora empezarían a llegar los invitados y realmente no sabía cuántos arribarían. Cuando las grandes tecnológicas inventaron un chip implantable en el cerebro para estar permanentemente conectado a la red, dejé de usar internet. Así que le solicité a Aitor Sansinenea, que se desplazó a mi hogar unos meses antes, que me hiciera el favor de trasladar a todos los demás que la alejo-casa estaba disponible una última vez para las personas que deseen pasar la gran noche en ella.

Lo lógico habría sido que no viniese nadie. Lo habría comprendido. Por un lado, no he sido ni el mejor amigo, ni la mejor pareja, ni el mejor familiar. Por otro lado, he comprendido que a las personas se las conoce por los detalles. Esas acciones particulares que no se realizan por presión de la sociedad o mecanismos automáticos, sino por lo que realmente nos hacen ser cada uno de nosotros. Según fui envejeciendo, fui dando más importancia a estos actos y en consecuencia, dejando atrás relaciones con personas que colectivamente parecían muy sociales pero que a nivel de individuo no aportaban nada.

Tras volver en mí, empecé a sentir crecer la ansiedad; mi inseparable compañera de vida. Con el tiempo aprendí a apreciarla. Es férrea. No entiende de medias tintas cuando trataba de avisarme de que algo no marchaba bien en mi vida. No obstante, nunca he tenido amiga tan sincera a mi lado. Como había venido haciendo desde joven cuando esto ocurría, me vestí de deporte, camiseta de tirantes y pantaloneta verdes; y salí a correr media horita a buena velocidad.

Mientras estuve corriendo mi cabeza siguió funcionando. ¿Cuál es la naturaleza del tiempo? ¿El tiempo fluye? ¿Tiene sentido hablar de pasado, presente y futuro? ¿Por qué a medida que uno se hace mayor, tiene la sensación de que el tiempo pasa más rápido? Tiempo, tiempo, tiempo… ¿Realmente necesitamos el tiempo para funcionar?

Nada más volver me metí en la ducha. Mientras sentía la álgida agua arrastrarse por mi cuerpo desnudo, me quedé pensando un buen rato en lo que acababa de presenciar. Mientras me ejercitaba, oí al menos 3 alaridos en las proximidades. No supe decir si fueron causa del pánico, de la desesperación o como resultado de una agresión. Aitor ya me contó que en general, las personas no estaban llevando bastante bien lo de tener fecha de caducidad.

Salí de la ducha y me puse mi camiseta azul y mis vaqueros, mi ropa de gala. Cuando me miré al espejo tras arreglarme, creí ver al Alejo de hace 35 años. Un Alejo que recién acababa de obtener una matrícula de honor en el proyecto final del máster, sobreponiéndose a su peor situación en una relación de pareja. Un Alejo derrotado físicamente pero moralmente sobresaliente y con unas ganas feroces de no dejar que la injusticia venciera en el mundo. Fue mi última gran victoria. A partir de entonces, con menos fuerza de espíritu, no pude salir vencedor del resto de pugnas sentimentales.

Mientras me afeitaba vi caer 4 lagrimillas al viejo del espejo. Me hubiera gustado haber hecho las cosas de otra manera. Hubiera preferido que las cosas hubiesen salido de forma diferente. Sin embargo, con el tiempo me he dado cuenta de que jamás tuve la mínima oportunidad. No todo el mundo está hecho para ganar.

Tras salir del baño torné directamente al salón y miré nuevamente por la ventana. No alcancé a ver nada en la oscuridad. Me senté en el sofá sin dejar de mirar a través de la cristalera. Es entonces cuando observé que algo se estaba moviendo en la lejanía. Parecía una luz. No. ¡Era fuego! Ahora lo veía mejor ¡Era alguien con una antorcha! Y no era una. ¡Eran varias! cuatro… siete… diez… no pararon de salir de más y más.

Bajé las escaleras de dos en dos, salí de casa y me dirigí hacia ellos. Todavía no sabía quiénes habían venido a pasar la noche conmigo, pero sabía que todos y cada uno de ellos eran mis amigos. Eran gente a las que jamás les iba a poder dar tanto como me habría gustado. Los muy majaderas venían cantando y bailando. Sentí como mi alma se iba encendiendo. Sentí como toda mi vida cobraba sentido.


Acto II: Amistad

¡Nunca comprendí cómo tal cantidad de gente se puso de acuerdo para acudir juntos a mi casa! ¡Estuvimos más de 200 personas! Muchos de la cuadrilla llegaron con sus mujeres e hijos. Otros muchos que conocí haciendo el máster y doctorado en Bilbao. Amigos que fui haciendo en el transcurso de mis aventuras en Milán, Toronto, Bangalore, Madrid, Liubliana, Buenos Aires, Cracovia... ¡No podía parar de reír!

Tras abrazarlos a todos, entramos en mi recinto y mientras les estaba enseñando la casa a quienes no la habían visto antes, empezamos a oír música proveniente del jardín. Ivan Jimenez no había podido aguantar la tentación de ser el primer DJ de la tarde. Y no solo eligió la banda sonora de la verbena, colocó 4 altavoces que había traído de casa en cada una de las esquinas de la parcela y transformó mi jardín en una fantástica pista de baile.

Quince minutos más tarde todo el mundo estaba divirtiéndose. En ese momento eché un vistazo alrededor y al vernos a todos nosotros unidos, empecé a vislumbrar que todo ello escondía algún tipo de belleza oculta en el vivir. ¿Cómo es posible que, en el lecho de muerte, tras tantos años, siga sintiendo a mis amigos como si el tiempo no hubiera pasado?

Como parte importante de cualquier reunión con personas que hace tiempo que no ves, empezamos a rememorar todas las aventuras vividas entre nosotros. Aquella vez que un amigo y yo acabamos con madre e hija en Bari. Aquella vez que tuvimos que huir furtivamente de Budapest al estrellar un coche de golf contra una roca. Aquella vez que, en el camino de Santiago, decidimos hacer ruta nocturna y no acabamos siendo descuartizados por los perros del pueblo de milagro…

Es curioso la manera de funcionar de la amistad. Puedes haber estado más de 10 años sin ver a alguien que, si lo has querido en alguna de las etapas de tu vida, tras 10 minutos hablando con él; sentirás que el tiempo no ha pasado en absoluto. Quizás porque sin depender del tiempo, cuando le das una parte de tu corazón a una persona, está permanece irrevocablemente con ella eternamente.

Es peculiar también cómo al no haber futuro, todo se vuelve presente. No tuvimos que decir una sola palabra para que Pablo Ijurco, Ion Ander Huarte, Unai Martín y yo nos sincronizáramos para sacar al mismo tiempo, una mesa afuera junto con garbanzos y unas cartas. El mundo se iba a acabar, pero no antes de que nos enzarzáramos en una épica última partida de mus.

Mientras jugábamos, nos acordamos de cuando Alex Hiriart le dejó las llaves de su casa al bueno de Ijurco para que le cuidara las plantas y éste nos invitó a jugar un torneo de mus en dicha casa. Cuando la madre de Alex apareció improvisadamente por la puerta y nos miró sorprendida, nos quedamos paralizados. Una vez se fue, no pudimos parar de reír por horas.

Tras concluir la partida y meter de nuevo la mesa en casa, llamé a Gorka Emparanza, y como tantas veces hemos hecho en el pasado; puse un par de hielos en dos vasos y vertí dos dedos de whisky Black Label. Mientras brindábamos mirándonos a los ojos, vimos deslizarse por nuestras cabezas un millón de inesperadas memorias que hemos tenido el placer de vivir juntos. Tras recobrar la consciencia conmocionados, nos reímos de manera cómplice y nos intoxicamos una última vez juntos.

En ese momento, comprendí que pasado, presente y futuro solo existen en nuestras mentes humanas. Si se reflexiona sobre ello con el intelecto, únicamente se es capaz de percibir la parte más superficial. Pero si se medita con el corazón, uno se da cuenta que siempre han estado superpuestos, anexionados por una sustancia llamada alma. A pesar de que, durante la mayoría del tiempo, se sienta el tiempo como algo que fluye; nuestro corazón a lo largo del mismo siempre ha sido el mismo. Con más o menos conocimiento, con más o menos experiencias, con más o menos tiempo de vida, pero el componente básico de nuestra existencia es exactamente el mismo. Somos nuestro corazón. Desde que nacemos hasta que morimos. Y nuestro corazón permanece puro e inalterable desde que se nace hasta que se muere.


Acto III: Vida

El tiempo volaba. Cuando la noche empezó a hacer acto de presencia, Iván Astigarraga colocó cuatro antorchas junto a los altavoces y una más en el centro del jardín. El ambiente se tornó ciertamente fantasmagórico y junto con los primeros chupitos, porros y estupefacientes de la noche, el mundo dejó de ser mundo y se convirtió en fantasía.

Como suele ocurrir a medida que la noche avanza, llega un momento en el que se pierden las nociones de lugar y tiempo y todo se tiñe de un tono surrealista que añade a la vida, una pizquita de sal. Las sentidas conversaciones se han convertido en enérgicos bailes y las risas en apasionados besos. Hombres y mujeres se dejan llevar en una vorágine de vida que finalmente ha triunfado sobre el pesimismo.

Que es la vida sino el actuar hoy por miedo al mañana. Solo cuando no hay mañana, nuestras almas cogen el mando del cuerpo y existen en comunión con el orden del universo. El tiempo no es totalmente connatural al universo. No siempre ha existido. El tiempo no es a quien debemos reverenciarnos. Y aunque no sepamos exactamente a quien habríamos de hacerlo, debería ser a alguien o algo que tenga que ver con la vida. Como animales, está claro que hay gran parte de universo que no podemos percibir, pero podemos intuir que tiene algo que ver con la propia experiencia del vivir, de la consciencia, de los momentos que compartimos con los demás seres vivientes.

Son las tantas de la madrugada y los niños no pararon de jugar y divertirse en el bosque. Los adolescentes buscaron alcanzar la madurez en su último día mediante la ingesta de alcohol. Los jóvenes fueron a pares al bosque para satisfacer una última vez su instinto animal. Los viejos, conscientes de la absurdidad del vivir y morir encerrados en cuerpos humanos, charlaron y rieron con una naturalidad tan pasmosa como inquietante. Ellos ya se habian dado cuenta de la verdad, la verdad es que no hay verdad. El sentido de vivir es que no hay sentido. Y precisamente eso es lo que da significado al vivir.

Filósofos han buscado durante siglos respuestas a preguntas imposibles. Según mi punto de vista, el ser humano no es un animal de respuestas, ¡Es un animal de preguntas! Y así lo debíamos de haber entendido. Porque las preguntas se hacen con ingenuidad y ambición por mejorar, pero las respuestas suelen darse con una buena dosis de egolatría e individualismo. Democratizar el conocimiento nunca debió ser enseñar a todos a responder preguntas culturales como si fueran robots. Democratizar el conocimiento es enseñar a las personas a preguntarse cosas. Solo así se puede comprender que siempre hemos sido solo polvo de estrellas. No es que estemos a horas de convertirnos en ello accidentalmente.

Una de las mejores sensaciones de vivir es cuando te encuentras en una atmósfera en la que todo el mundo a tu alrededor es feliz. Cuando les ves sonreír, cuando les ves abiertos a la vida, cuando les ves disfrutando de sus existencias. Por tanto, con el propósito de saborear esta noche mágica, me levanté y fui pasando por todos los grupillos saludando, brindando y disfrutando de las particularidades de cada una de las personas y de las conversaciones.

Recuerdo pararme con Pavel, mi gran amigo mejicano. Con él, el destino me unió en Milán. Los dos perdidísimos en la primera jornada en el Politécnico de Milano. Yo estaba sentando en un banco cansadisimo de ir de un lado para otro y se me acercó. Hablando, nos dimos cuenta que los dos estamos ahí por exactamente la misma razón, ¡Nuestras parejas sicilianas! Y de ahí hasta ahora. Compartiendo alegrías y desgracias a lo largo de una vida. Recordando vivencias, los dos empezamos a llorar; unidos para toda la eternidad.

La vida es un baile de disfraces actuando en una larga obra de teatro. Unas personas entran a la pista y otras salen. Unas aparecen con máscaras mas pomposas y otras con mascaras mas mesuradas. Cada una hace el rol que se les ha sido asignado durante una cierta parte de la obra y desaparecen. Se les paga con tiempo de vida que utilizan en seguir actuando fuera del estrado, sin dejar hueco para la improvisación. ¡La improvisación está ciertamente minusvalorada! Pues la improvisación es para las artes lo que la libertad es para la vida. Cuando se actúa como si las Moiras griegas movieran los hilos; el pasado, presente y futuro maniobran para no romperse. Sin embargo, cuando se improvisa, el tiempo desaparece. Todo se convierte en vida. En un eterno presente.


Acto IV: Muerte

5:00 am. Mientras me dirigía vacilante a la cocina, el piso empezó a tembrar, seguido de un terrible estruendo. Se cayeron varias lámparas del techo soltando una pequeña humareda. Y entonces, como cuando apagan la música del último bar, supimos que la noche llegó a su fin. Me di un paseo por la casa. La mayoría de la gente que se quedó dormida en sofás, esquinas, baño… se fueron levantando. Otros susurraban entre ellos. Es inevitable. Después de toda fiesta, y la vida es una fiesta, toca rendir cuentas y en este caso, lo haremos a lo grande.

Bajé las escaleras y me encontré con decenas de ojos mirándome y preguntándome qué debíamos hacer. Pero no me sentí nervioso. Al contrarío. Supe exactamente cómo tenía que actuar. Y es que, si por alguna razón decidieron acabar sus vidas en mi casa, es porque sabian que yo no les iba a fallar en estos últimos momentos.

La gente, obsesionada con la búsqueda de respuestas, no se ponen de acuerdo entre si se trató de un acontecimiento al azar o este meteorito fue proyectado por alguna civilización extraterrestre. ¿Acaso realmente importa? En cualquier caso, es el universo el que dictamina nuestro destino, como siempre lo ha sido. ¿Que quienes somos? Universo somos. Polvo de estrellas somos.

De forma asaz curiosa y enteramente anti biológica, todos hemos experimentado de mayor o menor modo depresión. Todos hemos tenido ganas de morir. Todos hemos experimentado un decrecimiento tan grande en nuestras energías que hacía que no pudiéramos concentrarnos ni para leer un libro. Y todo esto, señores y señoras, también es muerte. Quizás una muerte peor que la física porque estamos muertos en vida. E iniciaba el párrafo diciendo de forma curiosa, porque es interesante que, ante un hecho absolutamente único e irrepetible; la mayoría de las personas veteranas no experimentamos la idea de desaparecer por primera vez en la vida

Con la naturalidad que siempre me ha caracterizado, fui saludando a todos los que quedaban dentro de mi morada y les animé a dirigirse afuera. Bajo un cielo teñido de rojo sangre, a pura voz me dirigí a todos ellos:

- “No elegimos donde nacer, no elegimos nuestra raza, no elegimos ser ricos o pobres, no elegimos la suerte que podemos tener o no en la vida. Pero pudimos elegir que camino recorrer en nuestras vidas, de quien rodearnos y junto a quien morir. Creo que la vida es el proceso en el que nos convertimos de robots automatizados a personas conscientes y todos los que estamos aquí culminamos hoy este proceso de manera soberbia. Yo os propongo brindar por la vida consciente. Una vida dedicada tanto al desarrollo y exploración de uno mismo como a los demás. ¡¡¡Viva la vida!!!”.

Pero la vida, una vez más, se mostró salvaje e implacable. Mientras levantábamos las manos una última vez para brindar, cayó una pieza de meteorito lo suficientemente cerca de la casa como para que la onda expansiva nos arrastrara a todos unos 20 metros en todas direcciones. En ese momento, una buena cantidad de amigos perecieron. Cuando recobré el sentido, me encontraba recostado sobre el tronco de un árbol, sangrando y atravesado por decenas de minúsculas astillas. Aguanté sin perder la consciencia.

La panorámica era de una belleza indescriptible. El cielo ardía en llamas y yo estaba siendo testigo de ello. En soledad. Una vez más, el mundo y yo. Aquella ocasión no era tan diferente a los miles de paseos que he dado en muchas ciudades del mundo donde he habitado, llorando y cavilando sobre los muchos errores que he cometido en mi vida. Paseos a cualquier hora del día o de la noche, en los que fui interiorizando primero, que el mundo no estaba hecho para mí; y segundo, que el mundo no estaba hecho para nadie. Siempre se ha tratado de sobrevivir.

Cayó otro meteorito cerca. Este último impactó de pleno contra mi casa. Ver mi casa carbonizarse tampoco me hizo sentir extraño. Desde que empezó mi vida adulta siempre he ido alternando de casa y localización con la ilusión de poder rehacer mi vida en otro lugar. Hay algo mágico en conocer personas de diferentes lugares y aprender de ellos lo que tu cultura no se ha dignado a enseñarte.

En mis últimas, reafirmé mi pensamiento de que el único tiempo importante es el presente porque es el único tiempo en el que sentimos y hacemos sentir emociones a nuestros allegados. Porque el eco de los sentimientos vividos resona a perpetuidad. Porque los sentimientos sentidos es la vida vivida. Porque nuestro corazón y acciones nunca perecen.

Cuando almacené fuerzas y pude alzar nuevamente la cabeza, vi que estaba completamente rodeado por columnas de fuego y me di cuenta de la última ironía. No voy a acabar mi vida placenteramente con un meteorito incrustado en mi cráneo. Voy a morir quemado, abrasado por las llamas. Y voy a morir en breve. Y es que la vida, disfrazada de cordero; nunca ha dejado de ser cruel y salvaje. Y es que el ser humano, disfrazado de delincuente; nunca ha dejado de ser inocente y virtuoso. La vida es algo que merece la pena vivir, pero no per sé. Sino por las otras personas y seres vivos. La vida es algo… la vida…











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