martes, 5 de abril de 2016

Ética. Parte 2: Definición y modos de comprender lo moral

Libro adela cortina

El libro en el que me he basado para la parte 2 y 3 de esta serie de entradas se titula “Ética”, de Adela Cortina y Emilio Martinez. Se trata de un libro escrito con propósito educativo y que encaja perfectamente como material básico para las siguientes publicaciones. He modificado parte del texto citado para que se entienda mejor y encaje mejor con la estructura de la entrada.

Ética

La ética es la rama de la filosofía que estudia la bondad o la maldad de los comportamientos. Tiene como centro de atención las acciones humanas y aquellos aspectos de las mismas que se relacionan con el bien, la virtud, el deber, la felicidad y la vida realizada.
Filosofamos para encontrar sentido a lo que somos y hacemos; y buscamos sentido para colmar nuestras ansias de libertad, dado que la falta de sentido la experimentamos como cierto tipo de esclavitud. Con el objetivo de encontrar dicho sentido a la vida, la ética se dedica a la reflexión sobre la moral. Pretende explicar los conceptos y los argumentos que permitan comprender la dimensión moral del ser humano.

Se debe distinguir entre los dos niveles lógicos que representan las doctrinas morales y las teorías éticas. Mientras las primeras tratan de sistematizar un conjunto concreto de principios, normas, preceptos y valores, las segundas constituyen un intento de dar razón del hecho de que los seres humanos se rigen por códigos morales. La pregunta básica de la moral sería entonces “¿qué debemos hacer?”, mientras que la cuestión central de la ética sería más bien “¿qué argumentos avalan y sostienen el código moral que estamos aceptando como guía de conducta?”
Una adecuada reflexión sobre la ética nos proporciona autonomía al ayudarnos a no adoptar involuntariamente como manera de actuar un código moral desacertado que nos impida ser felices. No pretendo afirmar categóricamente que sin haber meditado sobre la ética no se pueda ser una buena persona o tener un código moral excelente. Sostengo que regirnos por un código moral repleto de pensamientos que han ido incorporándose a nuestra mente fortuitamente no está a la altura de nuestras capacidades.

Moral

La ética reflexiona sobre la moral pero, ¿Qué es la moral? La moral se refiere a una dimensión de la vida humana: la dimensión moral. Es esa faceta compartida por todos que consiste en la necesidad inevitable de tomar decisiones y llevar a cabo acciones de las que tenemos que responder ante nosotros mismos y ante los demás. Necesidad que nos impulsa a buscar orientaciones en los valores, principios y preceptos que constituyen la moral.

Toda moral cristaliza en juicios morales (“esa conducta es buena”, “aquella es una persona honrada”, “ese reparto ha sido justo”, “no debes agredir al prójimo”, etc.) y hacen referencia a actos libres, responsables e imputables puesto que tenemos libertad de elección.
Ser conscientes de nuestra dimensión moral es un formidable primer paso ¿Pero cuál es la función u objetivo de la moralidad en nosotros? ¿Realmente nos ayuda a encontrar la felicidad? ¿De qué forma lo hace? ¿Nos suministra consejos sobre cómo ser felices o simplemente deberes para seguir los dictados de lo racional? Dependiendo del modo en que interiormente entendamos la moralidad, veremos la vida totalmente diferente.

La moralidad como la adquisición de las virtudes que conducen a la felicidad

Entre los filósofos de la antigua Grecia lo moral se concibe como búsqueda de la felicidad o vida buena. Ser moral era sinónimo de aplicar el intelecto a la tarea de descubrir y escoger en cada momento los medios más oportunos para alcanzar una vida plena. En este sentido, la base para conducirse moralmente es una correcta deliberación, es decir, un uso adecuado de la racionalidad, entendida aquí como racionalidad prudencial. Esta facultad nos permite discurrir sobre los medios y estrategias que conducen a ese fin al que todos tendemos inevitablemente: el fin de alcanzar el máximo de felicidad en el conjunto de nuestra vida. 
Sin embargo, ya entre los griegos hubo discrepancias sobre el modo de interpretar la felicidad. Por un lado, los hedonistas entienden la felicidad como placer, como satisfacción de los sentidos y ausencia de dolor. Por su parte, los eudaimonistas entienden que la felicidad no se identifica con el placer, aunque admiten que este es un elemento imprescindible de la felicidad como un todo, pero añade que lo esencial para ser feliz es realizar la actividad que es propia de cada tipo de seres, en nuestro caso según Aristóteles seria la autorrealización.

La actividad que nos hace más felices, es la de entender el mundo y maravillarnos de todo cuanto contiene. Las actividades que se refieren al pensamiento y al conocimiento serían las más propias del hombre: estudiar, reflexionar, averiguar las verdaderas respuestas a nuestras preguntas, satisfacer nuestra curiosidad, salir de dudas, etc. Lo que mueve al ser humano según Aristóteles es la búsqueda de la felicidad entendida como “autorrealización”. Esta autorrealización es entendida como afirmación de que el fin de la vida humana no es la obtención de placer, sino alcanzar otras metas que no siempre proporcionan una satisfacción sensible, y que sin embargo los humanos consideran como parte de su propia felicidad. 
Para los hedonistas, la razón moral no puede ser otra cosa que razón calculadora, puesto que se trata de calcular los placeres y dolores con el fin de obtener el mayor saldo posible de placer con el mínimo de dolor. Tanto hedonistas como eudaimonistas comparten el rasgo común que no interesa en este momento: entienden la moralidad como búsqueda de la felicidad y, consecuentemente, conciben la razón moral como una facultad que nos ayuda a encontrar los medios más adecuados para alcanzar un fin que ya está fijado de antemano por la naturaleza.
Es necesario reflexionar sobre lo que acabamos de leer. No se trata exclusivamente de emitir un juicio sobre que código moral nos parece preferible, sino de aceptar que lo expuesto anteriormente encaja perfectamente en nuestra sociedad. Hay personas que tiran mas para el hedonismo y personas que para el eudaimonismo. Por tanto, la primera consideración debe ser que es inevitable que entre personas con códigos morales diferentes surjan conflictos que se deben aprender a prever y entender.

La moralidad del carácter individual

Se trataría de una capacidad para enfrentar la vida sin “desmoralización”. Esta ética insiste en la formación del carácter individual, de tal modo que el desarrollo personal permita a cada cual enfrentar los retos de la vida con un estado de ánimo robusto y potente. Para ello es preciso tener claras las metas que uno desea alcanzar a lo largo de la vida y poseer un cierto grado de confianza en la propia capacidad para alcanzar dichas metas.

Dicho de otro modo: para estar “en buena forma moral” es imprescindible contar con algún proyecto vital de autorrealización y con una buena dosis de autoestima. En este sentido, ésta es una ética que no solo valora el altruismo como valor moral, sino también la necesaria atención a esa razonable confianza en uno mismo y en el valor de los propios proyectos que resulta imprescindible para llevarlos adelante con altura humana. La moral no es solo un saber, ni un deber, es una disposición de la persona entera que abarca lo cognitivo y lo emotivo, las creencias y los sentimientos, la razón y la pasión, en definitiva, una disposición de ánimo que surge del carácter que se haya forjado previamente.
Este modo de ver la moral no cree que sea un simple instrumento para ser feliz, sino que la ve como parte integrante de uno mismo. Ve la moral como un fragmento importante de nuestra personalidad que se debe hacer evolucionar y fortalecer con la intención de que a medida que se cumplen años, se sea capaz de vivir de mejor manera por la solidez y sabiduría que ha obtenido tu alma y por la autoestima conquistada por haber hecho las cosas con la mejor voluntad posible durante tu vida.

 Lo moral como cumplimiento de deberes hacia lo que es fin en sí mismo.

Se trata de aquellos sistemas éticos que colocan la noción de “deber” en un lugar central de su discurso, relegando a un segundo plano la cuestión de la felicidad. Ya en la antigüedad, los estoicos situaron el concepto de “ley natural” como centro de la experiencia moral; entendían que la moralidad consiste básicamente en un ajustamiento de la propia intención y de la propia conducta a los dictados universales de la razón.

Frente a las concepciones anteriores, la moralidad del deber explica que, efectivamente, los hombres tienden por naturaleza a la felicidad, pero que ésta es una dimensión en la que se asemejan a los restantes seres naturales: la felicidad es un fin natural, no puesto por el hombre. Sin embargo, una adecuada explicación del fenómeno de la moralidad, a juicio de Kant, tendría que superar ese “naturalismo”, porque es necesario justificar de algún modo el hecho de que nuestra búsqueda individual de la felicidad encuentra siempre un límite en el respeto que nuestra razón nos obliga a practicar con cualquier ser humano, incluso con uno mismo. Es preciso explicar por qué los preceptos morales que orientan nuestras vidas no autorizan a dañar a los seres humanos aun cuando estuviéramos seguros de que tales daños nos acarrearían una mayor felicidad.

La respuesta la encuentra Kant en que la existencia misma de la moralidad permite suponer que los humanos somos seres que estamos situados más allá de la ley del precio. El ámbito moral es aquí el de la realización de la autonomía humana, la realización de la humanidad. La grandeza del hombre no consiste en ser capaz de vida moral, es decir, en ser capaz de conducirse de tal modo que uno se haga digno de ser feliz, aunque no llegue a serlo en esta vida; porque el sentido de la existencia humana ya no sería el de alcanzar la felicidad, sino el de la conservación y promoción de lo absolutamente valioso: la vida de todas y cada una de las personas.
Existe una diferencia entre Kant y las teorías éticas predecesoras. Mientras que la mayoría de teorías éticas intentan describir la realidad de la época, Kant se eleva sobre su sociedad y basándose en la naturaleza humana intenta dar razón al hecho de la moralidad. Sin embargo, solamente hay que echar un vistazo ahí fuera para darse cuenta que la sociedad en la que vivimos está muy lejos todavía de parecerse a la vida moral que él detalla.

¿Deslegitima lo anterior su pensamiento? Desde luego que no. Es conveniente distinguir entre dos tipos de juicios morales según el contenido: los que se refieren a lo justo y los que tratan sobre lo bueno. Los primeros presentan un aspecto de exigibilidad, de auto obligación, de prescriptividad universal, etc., mientras que los segundos nos muestran una modesta aconsejabilidad en referencia al conjunto de la vida humana. Kant argumenta sobre los primeros, es decir, sobre cómo deberían de regirse las personas en un mundo ético.

Reflexión personal

En las relaciones personales siempre me he gobernado con un estricto sentido de la justicia. A lo largo de mi vida he aprendido a ser una persona tranquila y aun así, sigo sin poder controlarme apropiadamente cuando alguien hace o dice algo que me parece injusto, contra mi o contra otros. Siempre he exigido que se me trate como me merezco, ni mejor ni peor. Y lo he hecho porque entiendo que las personas no son meteoritos que accidentalmente pueden caer en tu cabeza, sino que son seres con voluntad y que deciden libremente sus actos.

Lo que he aprendido de analizar los diferentes modos de comprender lo moral es que efectivamente, independientemente de lo ético o no ético de los códigos morales por las que se mueven las personas, todo ser humano tiene un código moral distinto, y que por tanto, no se trata tanto de esforzarse en entender totalmente a todas las personas del mundo, porque jamás entenderé a un padre que no mira por el bien de sus hijos o a una persona infiel; sino en esforzarse en entender que no todos nos regimos por los mismos códigos morales y que no se puede luchar contra eso. Exigir a otra persona que sea ético es a día de hoy infantil e inocente. Uno debe aprender a dar todo lo que tiene dentro sin esperar de manera sincera nada a cambio. De lo contrario, ese sentimiento de injusticia del cual os acabo de hablar, aflorará y os consumirá por dentro a fuego lento.

Hace ya 15 años, en la época del MSN Messenger, en mi estado figuraba la siguiente palabra: “eudaimonia”. Y es que yo siempre he tenido claro como quería ser de mayor. No demonizaré a los hedonistas. El placer y la ausencia de dolor son totalmente necesarios en nuestra vida para conseguir la felicidad. Sin embargo, según mi modo de ver la vida, no debería tener la prioridad sobre todo lo demás. El placer es necesario para la felicidad, pero es una cosa más de las necesarias para serlo. No la única o la más importante.

Yo entiendo que cuanto mejor persona me haga y más lejos llegue en la vida en sus diferentes ámbitos (un trabajo que me llene, formar una familia feliz, etc.), más placer voy a poder obtener. Además, aunque utilizando de manera eficaz la razón calculadora no debería suceder, los hedonistas suelen tender a tomar decisiones cortoplacistas y a equivocarse en el cálculo de las consecuencias futuras de obtener ciertos placeres. Un ejemplo fácil puede ser el consumo de cualquier tipo de droga.

Comparto la opinión de Kant al 100%. También veo la moral como herramienta para conseguir una autonomía humana. Cuanto más moral seamos capaces de actuar, más libres acabaremos siendo, pues habremos obtenido la fuerza y voluntad suficiente como para ser capaces de actuar siempre bajo el amparo de nuestros propios pensamientos y no impulsados por los instintos del ser humano. Eres tú mismo más que nunca.

Es evidente, a día de hoy las personas no tienen esa autonomía sobre sus acciones que las ayude a elegir la opción moral a la inmoral. Es decir, a decir la verdad sobre la mentira. A elegir ser sinceros a mentirosos. Y en definitiva, a ver al otro como un fin en sí mismo y digno de nuestro total respeto y afecto per se; y no como herramienta, objeto o simple animal para usar para alcanzar nuestros objetivos personales.

Por eso, como eudaimonista, creo que se debe aplicar diariamente una dosis de racionalidad prudencial. El ser humano es sentimiento, pero no todos los sentimientos son deseables y por ello se deben tratar de gestionar con el intelecto. No se trata de llevar una vida controlada puesto que la vida no se puede controlar y encima, resultaría muy aburrida para mi gusto. Se trata de que si realmente queremos alcanzar el máximo de felicidad en el conjunto de nuestra vida y no en momentos concretos, actuemos como seres autónomos que no estén obligados por su impulsiva naturaleza a regirnos únicamente por nuestros instintos animales.

Creo intensamente que una vez satisfechas las necesidades básicas de todo ser humano, cada persona debe auto realizarse de forma totalmente personal para alcanzar su propia felicidad. Todos nacemos distintos, y por ende, todos tenemos que recorrer caminos distintos para conseguir la felicidad. Y solo conociéndote a ti mismo y esforzándote activamente por mejorar se puede llegar a ella en todo su esplendor. Al tratarse de un camino personal, las personas que quieren a amigos o novios como ayuda o soporte para conseguir otras metas, están condenadas a toparse en un callejón sin salida a mitad de camino.

Cada uno es libre de buscar la felicidad donde le venga en gana. Pero el límite de lo que uno libremente puede hacer lo marcan las demás personas. Las personas son seres con dignidad y en ningún caso se les debe tratar como simple mercancía. Por mucho que ansíes una determinada sensación no se debe conseguir a cualquier precio. Puesto que cuando intervienen otros seres humanos en tus decisiones, no hay bien que justifique la acción inmoral. El ser humano no tiene precio, tiene dignidad.

En la siguiente entrada, una vez introducido algunos conceptos básicos de la ética, repasaré las teorías éticas de los principales filósofos de cada época poniendo especial énfasis en los filósofos más modernos. Mi intención para la próxima entrada es la de profundizar en pensamientos que nos ayuden a entender los pilares éticos sobre los que se ha apoyado la sociedad moderna.

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