sábado, 14 de noviembre de 2015

Occidente en confusión

persona cara seria


Que humanista me defina mejor que pacifista no significa que no condene la beligerancia. En la guerra no gana nadie y fomenta un odio que se hereda y trasmite a las siguientes generaciones. En estos momentos me pesa el alma y para combatir esta sensación, me dispongo a escribir sobre dos puntos que me parecen relevantes para recobrar la armonía con nosotros mismos y el resto de seres humanos.

Es absolutamente primordial tener más empatía que nunca no solo con los árabes que vivan entre nosotros, sino con todos los inmigrantes con los que nos cruzamos y conocemos, puesto que posiblemente no serán días fáciles para ellos. La tragedia de París es el escaparate ideal para que los políticos con ideales ultra nacionalistas saquen con orgullo su bandera anti inmigración y hagan incrementar odios xenófobos entre la población.

Cuando nos toca a nosotros sufrir el terror y la barbarie de la guerra, que durante el 99,99% de nuestra vida ni la olemos; el miedo y el odio se abalanzan sobre nuestros corazones y a menudo, irónicamente, defendemos devolvérselo con la misma moneda y tomar medidas repugnantes como prohibir la inmigración. En estos días más que nunca, tenemos que propagar al prójimo nuestra ternura, inocencia, alegría y creencia en el ser humano. Al odio únicamente se le puede erradicar completamente con amor.

Un país, por su naturaleza, solo puede defender sus propios valores y ciudadanos. Un humano, por su naturaleza, está en poder de empequeñecer o agrandar las existencias de todas las demás personas mediante los valores con los que actúa y que trasmitirá a sus descendientes.