lunes, 24 de junio de 2013

Alerta roja: Parte II de II

Personas con cariño

Esta entrada es la continuación de “Alerta roja: Parte I de II”.

Si algo me caracteriza es el intentar permanentemente hacer coincidir mi manera de pensar con mi manera de actuar pues, ¿De qué sirve la filosofía, tanto la que se adquiere mediante la lectura de autores clásicos, como la que se extrae utilizando el propio intelecto o corazón; si no es para lograr vivir de una manera mejor? La práctica de la filosofía es vital para el que osa llamarse libre pensador. No obstante, no es un camino de rosas. Yo mismo he de admitir que a veces me asusto cuando observo objetivamente a donde me dirijo, ya que siento que cada vez me alejo más del mundo terrenal. No tengo pensamientos que me liguen a una patria, cultura, civilización, especie, ideales o personas.

Pero esto no ocurrió de la noche a la mañana. Fue en la adolescencia, cuando progresivamente se me hizo más fácil socializarme con las demás personas; hasta llegar a un punto donde podía llegar a conseguir en determinadas situaciones que los demás se sacrificaran por mí y que me alabasen por cosas que realmente no soy. Entonces me miraba al espejo y creía ver a una persona que tenía éxito en la vida, me sobrevaloré y creí entender los beneficios que tiene el socializarse. Nada más lejos de la realidad, ya que bajo la apariencia de que tenía más poder y autonomía, se escondía la derrota existencial que supone el necesitar moverme en el mundo siempre con la mirada fija en el otro.

Por suerte o desgracia, tras algún desencuentro con la pareja o grupo de amigos, uno se da cuenta de que inconscientemente le ha dado al “caer bien a todo el mundo” más importancia de la que tiene. Se da cuenta de que quizás no merece la pena el situar su yo por debajo de el del grupo, que su misión debe ser intentar tirar de él y no dejarse llevar por la cultura de este. Tras meditar se comprende que el error ha estado en querer buscarse a uno mismo por medio de los demás, pues que los demás le adoren o le odien poco tiene que ver con lo que realmente es o deja de ser.

Dibujo hombre llorando
Me gustaría aclarar antes de seguir que en ningún momento me estoy refiriendo a que lo adecuado sea ser asocial o antisocial; simplemente creo que hay que saber distinguir la delgada línea entre la verdadera y sana vida social de la dañina para el alma. La buena se logra entendiendo que no se tiene por qué tener 500 amigos para ser feliz, sino que con unos cuantos menos basta si llenan nuestra vida de emociones y felicidad. La mala vida social se caracteriza por que nos incita a sentimientos negativos como la envidia y tristeza. Esto ocurre debido a que al relacionarnos con la sola intención de hacer crecer nuestra influencia en la sociedad, al ver que otras personas tienen más cosas o son mejores que nosotros (que siempre las hay y habrá), nos entristecemos.

Requisito principal para tener una sana vida social es primero comprender que tanto quererse a uno mismo como amar a los demás, van de la mano. No se puede hacer una cosa sin hacer la otra. Una vez que esto se entiende, se emprende un viaje a lo más hondo de uno mismo, que dura toda la vida y que le hace reflexionar sobre qué es lo que cada uno quiere para tu vida en todos sus ámbitos. Pues una vez que se rechaza actuar constantemente mirando de reojo a los demás, se abre un mundo sin limitación alguna, dentro del cual es sencillo sentirse perdido.

Yo digo no a tener 500 amigos y no llevarnos verdaderamente bien con ninguno. Yo digo no a menospreciar nuestra importancia en la vida, creyendo que en lo que piensen los demás de nosotros, está la clave para ser feliz. Yo digo no a la creencia de que lo correcto es hacer lo que la cultura nos dicta al oído. No es fácil decir no a lo que el resto del planeta dice sí; nos hace sentir diferente y da canguelo, pero con el tiempo, sentimos como ese mar salvaje en el que no zambullimos cuando tratamos de manejarnos en la sociedad, se amansa sobremanera, nos sentimos en paz con nosotros mismos y en justa comunión con los de nuestro alrededor y naturaleza del ser humano.

Todo lo anterior es el resultado de una filosofía de vida que pensamiento tras pensamiento, y experiencia tras experiencia se ha ido formando en mí ser. Y es que nuestros actos son nietos de nuestros ideales e hijas de nuestros pensamientos. Por ello, lo que realmente nos lleva a actuar de una u otra manera es la opinión que cada uno tiene sobre la felicidad humana.

Dibujo ser humano
En mi humilde opinión, lo que nos hace felices no es algo que elijamos, sino algo que en mayor o menor medida nos viene dado. Y nos viene dado porque primeramente, somos naturaleza pura y dura por mucho que nos joda; no elegimos ni nacer, ni morir, ni nada de nada. Y segundamente porque esa naturaleza nos tiene algo reservado, que varía de animal a animal. Una serpiente no tiene las mismas inquietudes que una vaca, y una vaca no tiene las mismas inquietudes que un ser humano. Entre una vaca y un ser humano hay muchísimas similitudes y algunas diferencias, pero precisamente son estas últimas las que más importancia tienen, ya que en ellas se puede fugazmente vislumbrar lo que la naturaleza ha deparado que natural e innatamente sea el ser humano, y por tanto, lo que nos vaya a hacer felices.

Quienes con muy buenos argumentos creen que quienes pensamos que actualmente nos falta felicidad, lo hacemos por nostalgia a un idealizado pasado que nunca sucedió; les digo que no estoy de acuerdo. Ellos dicen que ahora tenemos más salud, que por lo tanto vivimos más, que tenemos muchos más medios a nuestra disposición, que nos podemos mover libremente por el mundo sin problema, que las comunicaciones han hecho posible mantener relaciones a distancia y que por la suma de todo lo anterior, vivimos mejor que antes y sanseacabó. Pero siguen sin tener en cuenta lo más importante, lo que nos hace humanos, lo que naturalmente nos hace feliz.

Antes claro que vivían mucho menos y de peor manera, pero vivían respetando su naturaleza y por tanto, así mismos; y al cumplir su razón de ser, se sentían llenos por dentro. Pero ocurrió que un día las preguntas existenciales empezaron a invadir las mentes de los seres humanos, y el número de ellas no hacía sino incrementarse sin parar. Desde ese momento, todo cambió. Y es que, ¿Por qué diablos (mal)vivimos esta vida? Si tenemos en cuenta que esta necesidad tan angustiosa de resolver preguntas cogió fuerza hace 2000 años, puedo afirmar que en el pasado vivían mejor porque no llevaban consigo este vacío que tanto nos pesa a los seres humanos, esta necesidad innata de respuestas, que nos hace terriblemente desdichados y que ninguno de los grandes avances con los que contamos ahora, nos ha ayudado a llenar.

Como resumen: Debemos de respetar nuestra humanidad para ser felices. Esta humanidad implica sociabilidad y sí, actualmente supuestamente somos más sociales que nunca, pero esta sociabilidad moderna deja de lado temas cruciales para nuestra felicidad, como el dar y recibir sincero amor y profunda amistad; y por el contrario, ensalza la ansia por sentirnos superiores a los demás. Y hasta que no entendamos que llevamos en los genes la necesidad de experimentar emociones positivas, y que esto se logra siendo éticos y viviendo acorde con lo que pensamos; creeremos que el mundo es una mierda y aun peor, que solamente vivir es ya una condena, al estar eternamente atados a esa sensación de que hay algo maravilloso que se nos escapa.


jueves, 20 de junio de 2013

Alerta roja: Parte I de II

Luz roja

Es inevitable. La vida se va sucediendo y ante lo que a primera vista es totalmente externo a nosotros y potencialmente peligroso, con la educación que recibimos la contrarrestamos y nos vamos forjando un carácter que será nuestro escudo y arma contra la vida, pues no solo nos vale para defendernos de las arremetidas de esta, sino que también es una de las principales vías de acceso a la felicidad. La educación que recibimos está capitaneada por la frase “amigos hasta el infierno” y es que debido a su finalidad integradora y amistosa, parece lo bastante digna no solo para movernos en torno a ella, sino para inculcársela también a nuestros hijos.

Sin embargo, a medida que crecimos con ella no solo en nuestra mente, sino que también en el ambiente; vimos que algo no encajaba bien en el mundo que pretendíamos para nuestra vida. Lo primero con lo que choca esta filosofía social, es con los valores que nos han intentado inculcar desde muy pequeños, ya que la consecuencia mas directa a dicha filosofía es que la mentira esté omnipresente en el ambiente social. Parece lógico pensar que obviamente no todas las personas nos caerán igual de bien y en ocasiones, puede que sea más sensato y sano, simplemente no tener trato con las que no apreciamos.

Tratar de mantener una buena relación con personas a las que interiormente despreciamos o que en el mejor de los casos, no nos importe su felicidad, hace que entre los dos surja una neblina consensuada que haga posible tenerla más o menos vigilada pero que cuando lo deseemos, nos sirva como escondite ante este “amigo” que tan poco deseamos que se nos acerque. Para esta labor, que mejor herramienta que Facebook, en la cual nos es posible saber la vida entera de un “amigo” y (mal)hablar de el a sus espaldas, generando así una atmósfera muy dañina para el ambiente social de nuestra ciudad. A la vez, tal y como nos aconsejaba nuestra madre; tenemos tantos “amigos” cómo nos es posible, cumpliendo la premisa “amigos hasta en el infierno”, que es a lo que nuestra ciudad se empieza indudablemente a parecer. Una ciudad que cada uno colaboramos en corromper un poco más según aportamos a que nos sea menos social, y por tanto, humana.

Ciudad sumergida en la niebla
Pero realmente el problema adquiere importancia cuando pasa al siguiente nivel, es decir, cuando no solamente actuamos de este modo nosotros o el de enfrente, sino cuando se generaliza esta actitud y pasa a ser patrón común de la sociedad, siendo entonces cuando civilizaciones enteras se oscurecen bajo una neblina muy densa que bajo la apariencia de una atmósfera pesada y racional, se esconden las envenenadas por nuestros valores, gotas de lluvia que poco a poco irán corrompiendo incluso a personas sinceras y honestas según caen a la superficie.

Finalmente como consecuencia, cuando la sociedad en su conjunto ha mamado de esta savia podrida largo tiempo; los eslabones más altos de la sociedad; es decir, los políticos, tienen tan interiorizado estas maneras de actuar, que las utilizan ya no por hacer el mal, sino de manera legítima.

Tras concluir nuestra educación, nos introducen en el mundo adulto mediante frases como las siguientes: “Tienes que arrimarte a Pepito que puede que en el futuro te proporcione trabajo” o “Tu novia tiene que ser de alta clase y moverse por este ambiente tan cool”. Lo cual nos sorprende porque de pequeño oímos algo en el colegio parecido a que las personas son fines en sí mismos y no medios, pero lo dejamos pasar porque al fin y al cabo, nuestros padres solo buscan lo mejor para nosotros. Pero lentamente va penetrando la idea en nuestra cabeza y tras una o dos decepciones que a todos nos da la vida, acabamos “dándonos cuenta” de que seguramente nuestros padres tenían razón.

Para entonces, la idea que tenemos del mundo en la mente entra en una etapa en la que implosiona debido a su desgarramiento de la realidad. Nos han enseñado a ver el mundo de una forma que no tiene nada que ver con la realidad natural, pero estamos tan seguros de nosotros mismos que creemos conocer perfectamente los mecanismos que hacen funcionar el universo. Nuestra vida coge una dirección de la cual no nos desharemos ya nunca y somos felices junto con nuestros elegidos amigos y convenida mujer. Ahora no solo entendemos las relaciones sociales sino que las manejamos a nuestro beneficio. La profecía se ha auto cumplido. La neblina ya lo ocupa todo, finalmente ha penetrado en nuestra mente. Los zombies filosóficos llegan a su máxima expresión, en la que una persona sin tener ni puta idea de nada, se cree que lo sabe todo. Lo que nos quedaba de humanos, se ha ido para no volver.

Ascendemos en el curro y conseguimos poder en nuestra sociedad. Pero muy poco a poco se hace evidente que el mundo que creemos ver y sentir es frío y bastardo. No somos capaces de explicarnos a nosotros mismos qué nos pasa. Emitimos todo nuestro odio contra los políticos, a quienes nos viene bien considerar responsables de nuestra insulsa vida. Los más ágiles de alma, en lo más profundo, quizás intuyan que más allá de la vida que han llevado los 35 años anteriores, mas allá de lo que son capaces de percibir por sus sentidos e intuir por su mente, hay un mundo entero que se les escapa, totalmente desconocido. Sin embargo, todo se basa en vagas e inconclusas sensaciones debido a que, mucho tiempo atrás, decidieron dejar atrás ese desevolucionado mundo humano. Nuestros sentidos se encuentran ahora realmente atrofiados debido a su no uso durante todos estos años.
Señal roja
Entonces, incapaces de desconectar del sistema al que nosotros mismos nos hemos atado contra la pared, se nos enciende una lucecita de urgencia dentro de nosotros que nos implora humanidad. Nos arrodillamos antes nosotros mismos pidiéndonos misericordia para el que solo ha intentado vivir de la mejor manera posible. Como consecuencia a la búsqueda de algo que nos haga sentir medianamente vivos y arraigados a nuestra breve estancia en La Tierra, llega la paternidad o maternidad y a partir de entonces “te cambia el mundo”.

Sin embargo, no todo es tan bonito. Desde pequeños la neblina ha penetrado en nosotros y establecido en nuestra mente y el niño que concebimos no es fruto de la felicidad, sincero amor y ternura con los que todos nacimos pero que preferimos desterrar cuando éramos pequeños, sino hijo de aquella neblina que voluntariamente aspiramos en la adolescencia, de ese sistema al que tanto odiamos pero psicológicamente estamos ligados. Y aunque esto no es decisivo, ya que el hijo no ha de salir necesariamente al padre o a la madre, los genes del niño actuarán en su contra. Por supuesto, criaremos al niño con todas nuestras fuerzas y dedicándole todo nuestro tiempo, tanto tiempo que nos olvidaremos de que nosotros también somos personas y necesitamos de tiempo de ocio, y de amigas y amigos con los que conversar y divertirnos. Ya que nosotros no hemos podido vivir la mejor de las vidas, lucharemos para que nuestro hijo si lo haga.

Al igual que de la neblina que voluntariamente pusimos sobre el del frente, surgió la oscuridad que finalmente sumergió nuestras ciudades en las tinieblas; de la inquietud de que existe algo maravilloso que se nos escapa, nace el estado de confusión en el que actualmente se encuentra la sociedad. El ser humano se encuentra en alerta roja.