miércoles, 28 de marzo de 2012

Pureza humana

Cabeza congelada

Las artes son realidades de difícil descripción, algo que desde antaño no ha ayudado a su entendimiento. Sin embargo, ante la artificialidad que impregna todo cuanto conocemos, tiene más de real que la vida. Nuestras historias suceden en un mundo artificial en el que todavía no se sabe a ciencia cierta, si forma parte esencial de la evolución humana o simplemente responde a los intereses de unos pocos accionistas en el sistema.

En el afán del ser humano occidental de sentirnos poderosos, desterramos a los dioses existentes al infierno y nos colocamos en su trono, limitándonos desde ese momento a vivir nuestra vida excluyendo de ella todo lo que no nos gustase o conviniese, llegando incluso a vender nuestra alma a cambio de ropa fabricada por niños esclavizados.

La muerte fue vilmente desterrada de nuestros miedos ancestrales. Ya no se la teme, o al menos hemos decidido no tenerla en cuenta. Fumamos, bebemos y malcomemos en un sucio intento de desprestigiarla. Sin embargo, como aquel sabio conocedor de su ignorancia que se ríe del que cree saber, ella mira a otro lado y sonríe a escondidas.

El amor es de otra época menos racional pensamos en nuestro interior. Aunque quizás quienes seamos menos racionales ahora seamos nosotros. El amor choca frontalmente contra nuestro ego y engrandece nuestros miedos. No es de extrañar que huyamos de lo que es superior a nosotros, el ser humano hace ya tiempo que perdió la fortaleza sentimental capaz de luchar contra Goliat y vencerse a sí mismo.

La intensidad de las emociones llena de vida la fuente de la eterna juventud que todos llevamos dentro. Fuente que tan continuamente nos esforzamos en derramar por el camino. Sin embargo, una vez derrochada la oportunidad natural que poseemos de experimentar emociones, acudimos a drogas y ansiamos el sexo con la intención única de sentir que vivimos aquí y ahora. Absurdo. El arte es el más vivo espejo de la humanidad y como tal, nos tiende a gustar en alguna de sus variadas formas, ya que nos hace sentir lo que por naturaleza somos y estamos empeñados en expulsar de nuestra alma.

Historias teatrales de corruptos caballeros y leales escuderos. Hábiles pintores y criados rebeldes. Dementes estrategas y curiosos forasteros. Somos nosotros quienes estamos actuando en la obra. Al igual que la música que escuchamos contiene parte de nuestro espíritu o que la literatura que nos conmueve narra nuestra historia. Abriendo y desarrollando nuestra emotividad, incluso hasta esas pinturas que tan vulgarmente criticamos en los museos pueden susurrarnos al oído historias plagadas de vivo sentimiento.

Toda forma artística es pura por naturaleza. Es realidad intrínseca de la vida. Realidades que colectiva y conscientemente insistimos en esquivar y que individual e inconscientemente buscamos experimentar para darle cuerda a nuestras vidas. Incongruencia que nos perseguirá hasta el final de nuestra obra, o quizás con un poco de suerte, hasta despertar.

miércoles, 21 de marzo de 2012

El laberinto sentimental: Parte II

caracter

Lo primero, disculparme por la extensión de la entrada. Sé que es muy pesado a menudo embarcarse en tal vorágine de palabras y mantenerse cuerdo, pero es difícil resumir y a la vez explicar las tesis de un libro tan lleno de información interesante.

Lo que sentimos está determinado por elementos coyunturales y estructurales. Coyunturales son los que cambian continuamente: la situación real, mis intereses momentáneos, el estado en que me encuentro. Los estructurales son más estables y se refieren a lo que con gran vaguedad llamamos temperamento, carácter o personalidad. 
Desde otro punto de vista, se podría decir que lo que sentimos lo determinará nuestro balance sentimental, que no es más que la interacción entre los siguientes cuatro elementos: La situación real, los deseos, las creencias y expectativas, y la idea que el sujeto tiene de sí mismo y de sus habilidades.

Parece lógico pensar, que al sujeto le invade un sentimiento en el momento en el que un hecho choca con sus deseos y proyectos. Si nosotros “pasamos” de los menos favorecidos, ¿acaso nos importará que se mueran 35.000.000 de personas al año por hambre? No.

De la misma manera, lo siguiente es obvio, aunque triste. ¿No es triste acaso que las creencias que nos hayan inculcado de pequeños o que hayamos obtenido de nuestro alrededor más cercano nos afecten y sobretodo, dirijan, hasta el momento de nuestra muerte? Y más teniendo en cuenta lo profundamente arraigadas que están en nosotros, por definición.

En la idea que cada cual tiene de sí mismo o de la evaluación del yo, es donde más me voy a detener puesto que es, con creces, la parte más interesante. Si yo me siento completamente feliz por lo que soy, jamás tendré un sentimiento de envidia hacia lo que ha conseguido ser otro. Y de nuevo nos ocurre que algo sumamente lógico, pueda tener terribles repercusiones, puesto que de lo que pensamos de nosotros mismos, depende gran parte del éxito que tengamos en la vida.

El yo está implicado en todos los sentimientos. Los sentimientos hacia nosotros mismos, el modo como evaluamos nuestra eficacia, o nuestra capacidad para realizar tareas o enfrentarnos con problemas, no es un sentimiento más, sino que va a intervenir como ingrediente en múltiples sentimientos. El modo de contarnos nuestra vida va a determinar nuestros sentimientos. 
Da la impresión de que nuestra energía no es una facultad constante, sino que depende de lo que pensemos sobre nosotros. Si me considero incapaz de hacer algo, me va a costar mucho trabajo hacerlo, si es que puedo.

Pero, ¿Qué determina lo que pensamos de nosotros mismos? ¿Qué determina la intensidad con la que sentimos las emociones? ¿Qué determina lo que somos? La memoria.

La noción de memoria está tan desbaratada que tengo que dedicar unos párrafos a ordenarla. La memoria no es un archivo de información. La memoria es una estructura neuronal capaz de asimilar información, cambiar al hacerlo, y capaz también de producir o reproducir las informaciones. Es un conjunto, pues, de hábitos operativos que intervienen en todas nuestras conductas intelectuales, afectivas, motoras. Vemos desde lo que sabemos, comprendemos desde lo que sabemos, actuamos desde lo que sabemos, creamos desde lo que sabemos. Pero este saber es, sobre todo, un saber hacer. Lo que normalmente se considera la única función de la memoria – repetir la información – es sólo una de sus funciones, y de las más pobres. No tenemos memoria, sino que somos memoria. 

Y por último, vamonos a la parte que más me ha impactado. No solo por la simpleza y claridad con la que explica “lo que somos”, sino por la lógica empleada en todo momento por José Antonio Marina.

Llamaré temperamento a los determinismos biológicos, carácter al contenido aprendido – lo que he llamado memoria personal, que incluye la idea que tenemos sobre nosotros mismos, el self – y personalidad al resultado final de nuestra vida, a nuestro estilo de conducta. 
El temperamento y el carácter causan las ocurrencias del sujeto. Son sistemas que producen información. Forman lo que he llamado “yo ocurrente”, y entre sus ocurrencias se encuentra la idea que el sujeto tiene de sí mismo, el self, que va a servir de intermediario entre el carácter y la personalidad. 
La personalidad, en cambio, es un estilo de obrar. El carácter de una persona puede ser cobarde, pero su personalidad valiente. Es la dialéctica entre el yo ocurrente y el yo ejecutivo, entre las ocurrencias y los proyectos, entre los determinismos y la libertad, lo que constituye la personalidad. Un proceso pues, disputado, accidentado, complejo, emocionante, arriesgado, porque los elementos estructurales – temperamento y carácter- son muy poderosos. Y el yo ejecutivo tiene que negociar la libertad con ellos.

Me parece super interesante instrospeccionarse sobre nuestro temperamento, carácter y personalidad. Sin ninguna duda nos servirá para conocernos un poco más a nosotros mismos y en un futuro, sacarle utilidad a nuestros nuevos conocimientos cuando nos “invada” algún sentimiento indeseado. Que es de lo que se trata, de vivir de la manera más autónoma posible donde no seamos esclavos de nuestros sentimientos y en muchos casos por tanto, condenados al fracaso y a la infelicidad. Cierra la entrada, Marina.

Tengo la esperanza de que si conociéramos bien las partidas del balance sentimental, tal vez podríamos dirigir de alguna manera nuestra vida afectiva, desprendiéndonos de los sentimientos que hacen insoportables nuestras vidas: el miedo, la depresión, la envidia, la angustia.

viernes, 9 de marzo de 2012

El laberinto sentimental: parte I

sentimientos y emociones

"Somos inteligencias emocionales. Nada nos interesa más que los sentimientos, porque en ellos consiste la felicidad o la desdicha. Actuamos para mantener un estado de ánimo, para cambiarlo, para conseguirlo. Son lo más íntimo a nosotros y lo más ajeno. No sentimos lo que querríamos sentir. Somos depresivos cuando quisiéramos ser alegres. Nos reconcomen las envidias, los miedos. Los celos, la desesperanza. Desearíamos ser generosos, valientes, tener sentido del humor, vivir amores intensos, librarnos del aburrimiento, pero nos zarandean emociones imprevistas o indeseadas. Incluso un sentimiento tan tranquilo como la calma, nos “invade”. Podría leerse la historia de nuestra cultura como el intento de contestar a una sola pregunta: ¿Qué hacemos con nuestros sentimientos?"
Los sentimientos son quienes juzgarán nuestra vida cuando esta se nos vaya acortando y quienes ya lo vienen haciendo desde que nacimos. La vida no la podríamos sentir como un fenómeno consciente sin ellos. Somos sentimiento. Ojeando los libros del Fnac, no tardé ni un segundo, después de leer el texto de la contraportada copiado arriba, y el primer párrafo del libro escrito abajo, en adquirir el libro.
"“A la gente le gusta sentir. Sea lo que sea”, escribió Virginia Woolf en su diario. Hay que darle la razón y escandalizarse después de habérsela dado. ¿Cómo vamos a desear sentir en abstracto, acríticamente, al por mayor, cuando sabemos que algunos sentimientos son terribles, crueles, perversos o insoportables? La contradicción existe y sospecho que irremediablemente. Nos morimos de amor, nos morimos de pena, nos morimos de de ganas, nos morimos de miedo, nos morimos de aburrimiento y, a pesar de la eficacia letal de los afectos, la anestesia afectiva nos da pavor."
A sabiendas de que los considero la base de nuestra existencia consciente, no hay una entrada en la que no intente invocar en vosotros algún sentimiento. ¿Qué es un texto incapaz de invocarlos? Palabras, quizás conocimiento, pero al fin y al cabo caracteres sin significado para nuestras mentes consumidoras de sentimientos. Exactamente igual que ocurre con los objetos materiales en el mundo actual. Os lanzo una pregunta, si somos sentimiento y nuestra pertenencia a la sociedad nos arroja una multitud de inputs que hacen surgir en nosotros sentimientos negativos incesantemente, ¿Vale la pena vivir en sociedad? José Antonio Marina lo explica perfectamente.
"¿Y que podríamos decir de nuestra cultura? En este momento, la cultura occidental presiona para favorecer la insatisfacción y la agresividad. Nuestra forma de vida, la necesidad de incentivar el consumo, la velocidad de las innovaciones tecnológicas, el progreso económico, se basa en una continua incitación al deseo. Este es el gran tema psicológico de nuestra época, tal vez. Para la ética griega, la pleonexia, la proliferación de los deseos, la avidez, era radicalmente mala. Ahora, en cambio, tenemos la idea de que sentirnos satisfechos es esterilizador. Solo la insatisfacción, la pulsión de los deseos, incita a la invención, la industria, la creación. Así pues, parece que estamos condenados al estancamiento  o a la ansiedad irremediable. 
Para complicar más las cosas, hemos unido la impaciencia a la búsqueda de la satisfacción de nuestros deseos. Estamos olvidando que la capacidad de aplazar la gratificación es el fundamento del desarrollo de la inteligencia y del comportamiento libre. Walter Mischel ha estudiado la resistencia a la compulsión como predictor del nivel de inteligencia.
La impaciencia, al no respetar el tiempo de las cosas  introduce un cambio en los ritmos comunicativos que altera, sin duda, la vida emocional. El deseo impaciente se llama en castellano ansia, y la ansiedad parece ser también una característica de nuestra cultura.
Además, la prisa se opone a la ternura. No hay ternura apresurada. La ternura entrega el control del tiempo a la propia manifestación del sentimiento. Sartre describió la relación de la prisa con la violencia. El apresurado lo quiere todo ahora, y la efracción, la violencia, es el camino más corto. ¿Para qué guardar las formas, que siempre son más lentas?
El progreso, que nos obligo a fomentar el deseo, va a servir de coartada para la agresividad. Al parecer, la lucha, la competencia, es el único motor para el avance de la humanidad."
Durante las próximas entradas le pasaré el mando a Jose Antonio Marina, mago y señor de las palabras, para que entre todos nos ayudemos y prosigamos en este viaje hacia el significado. Eso sí, no sin antes navegar y naufragar por todo este viejo mundo que representan los sentimientos. ¿Que hace que sintamos cosas diferentes antes situaciones iguales? Marina nos lo explicará mas adelante.
"Cerca de donde escribo. Hay unas cuevas contra las que rompe el mar produciendo estampidos y borbotones de espuma. Las llaman hervideros. Tanta agitación necesita de una roca tenaz y de un mar incansable. También nuestros alborotos sentimentales surgen del choque entre la dura realidad y los tenaces deseos."