martes, 21 de junio de 2011

Estados alterados

En muchas entradas os he escrito sobre sensaciones momentáneas que en algún momento he tenido y os he descrito como extrasensoriales. Obtenido de una de mis primeras entradas, En pro de la vida, he rescatado el siguiente fragmento:

Nunca os ha pasado que caminando, por unos segundos se para el mundo y ¿sentís que la vida fluye por vosotros? ¿Que lo veis todo descodificado? ¿Sin las limitaciones que nos impone nuestro cuerpo? ¿Qué os eleváis mas allá de la mente y el espacio y que lo veis TODO? ¿Y que inmediatamente un cosquilleo os recorre el cuerpo entero llegando hasta la cabeza?

Bien, a continuación os voy a copiar buena parte del prologo del libro “los caminos de la meditación” con el objetivo de que expandáis un poco vuestras mentes. El autor del libro es Daniel Goleman. Si, el mismo que escribió el best seller, Inteligencia Emocional.






Prólogo

Se alza velozmente y extiende en torno mío la paz y la alegría y el conocimiento que supera todo el arte y el razonamiento de la tierra; y sé que la mano de Dios es mi propia mano anciana, y sé que el Espíritu de Dios es mi propio hermano mayor...
Walt Whitman, Hojas de hierba.

He estado en ese cielo, el mas iluminado con Su luz, y he visto cosas inexpresables por no tener capacidad ni conocimiento quien regresa, pues cuando se aproxima al objeto de su anhelo tan grande es el agobio de nuestro conocimiento que jamás puede desandar el camino que siguió. Mas todo aquello que del sagrado reino tuvo la memoria el poder de atesorar será mi tema hasta que el canto acabe.
Dante, Infierno.

La mayoría de nosotros no tenemos una experiencia tan vívida y precisa como las que tuvieron Dante o Whitman, y no obstante, usted y yo tenemos momentos en los que nos sentimos desorientados en el tiempo, el espacio o en ambas dimensiones, momentos en los que nos parece hallarnos en el umbral de otro estado de ser, en que nuestro punto de vista personal parece trivial y percibimos una mayor armonía intuitiva con el universo. Tal vez sus experiencias se han producido tras “perderse” en una película convincente, o un libro, una obra de arte, una pieza musical o un servicio religioso; tal vez después de un período de ensoñación junto a un arroyo, cerca de una montaña o en el mar; quizá como resultado de una fiebre alta, en el momento de un acontecimiento traumático, mediante drogas o al dar a luz, mirando a las estrellas o enamorándose. Lo que tienen de provocador estos momentos, es que perdemos nuestro dominio personal y, no obstante, todo parece armonioso y correcto.

En estas experiencias percibimos, aunque en general no podamos expresarlo, un significado más profundo de nuestra vida. El sine qua non de estas experiencias es que no están mediatizadas por nuestro intelecto. Pero a menudo, en cuanto han pasado, nuestra mente analítica vuelve a ponerse en movimiento y tratamos de etiquetar lo que ha sucedido, y ahí es donde empieza el problema. Las disputas motivadas por las etiquetas han llevado a los hombres a desacuerdos increíbles, que han culminado incluso en guerras de religión. Una vez hemos etiquetado nuestras experiencias, estas etiquetas adquieren un poder propio a través de su asociación con momentos profundos y, además, proporciona a nuestro ego la seguridad de que conocemos bien el asunto y lo dominamos. Algunas etiquetas tratan a las experiencias como apariciones psicológicas: “estaba fuera de juicio”, una “alucinación”, un “estado disociado”, “salida a la superficie de la mente inconsciente”, “histeria”, “delirio”. Otras etiquetas se centran en el contenido, implican un acontecimiento místico o espiritual: “dios vino a mi”, “recibí el espíritu”, “sentí la presencia de Cristo” o “un guía espiritual”, “comprendí el Tao”, o “el Dharma”, o “la ley divina”.

[…]

La cuestión tenía implicaciones importantes para la política de la consciencia humana. Utilizando una serie de metáforas, todo estado mental que no se correspondiera con la conciencia racional, normal, despierta, se consideraría desviado, como un reflejo de inadaptación. La otra serie de metáforas trataba a los estados alterados de conciencia como oportunidades peculiares y preciosas que tenia la humanidad para ahondar en los dominios más grandes de su propia conciencia potencial. Como tales, estas experiencias deberían cultivarse más bien que suprimirse, aun cuando supusieran una amenaza para las instituciones sociales existentes. Al plantear este problema, seguíamos las huellas de William James, el cual, en 1902, se refirió a los estados alterados de conciencia en Variedades de la experiencia religiosa:

Ninguna descripción del universo en su totalidad puede ser definitiva si deja por entero de lado estas otras formas de conciencia. La cuestión es cómo considerarlas, puesto que son tan discontinuas con respecto a la conciencia ordinaria. No obstante, pueden determinar actitudes, aunque no puedan suministrar fórmulas, y abrir una región aunque no logren ofrecer un mapa. En cualquier caso, impiden una conclusión prematura de nuestras relaciones con la realidad.

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